por Celina Bertomeu
Pablo era más bien tímido, de nervios callados. Cuando lo conocí dormía en el umbral de una casa de calle 33, arropado por tres de sus perros. El cuarto vigilaba, el cuarto perro. Fideo le llamaba Pablo. Como se quedó en el barrio cuando él se fue y es bastante movedizo, le dijimos Cuete –así, Cuete-.
No es que Pablo abandonó a Fideo pero cuatro eran muchos para comer, aún para él que les conseguía huesos de la basura o sobras de los puestos de la plaza de 7 y 38. Fue Fideo el que le consiguió a Daniela, la verdulera de la esquina. Un día se le acercó y Daniela que es una buena, pero buena en serio, le dio comida. Muy de a poquito fueron asomando por la verdulería, tímidamente, Pablo y los otros tres perros. Ahora no recuerdo sus nombres pero supieron tenerlos y bien lindos porque Pablo era cuidadoso con los que quería. Tenía una espátula para rasquetear los frentes de las casas y ganar algún dinerito. Para progresar, decía.
Lástima porque se lo gastaba en vino. Y del peor, del que lo ponía loco y le daba por patear piedras. Un día, antes de conocerse con Daniela, la verdulera, revoleó la frazada por los aires de tan mal que le había pegado lo que tomó. Es que su pasado lo tironeaba bien fuerte para abajo.
Daniela lo protegía mucho. Le dio un lugar en el negocio para que se quede a dormir y de vez en cuando le dejaba algo de plata para sus gastitos. El pobre se lo gastaba en vicios porque tenía la voluntad flojita.
Contaba Daniela después, cuando ya Pablo se había ido, que venía escapando de quién sabe qué lugar de quién sabe qué pasado. Ella pretendió recuperarlo pero él no quiso. Daniela hizo lo que pudo. Una clienta iba día por medio a conversarle para que el chico se desahogue. Como conversaba bonito nos juntábamos a escucharla y se formaba algo así como una terapia de grupo, más bien de clientes de Daniela. Pero Pablo siguió medio confundido. Le dio por rasquetear la pared del frente de la verdulería. Rasqueteó tan profundo que dejó unos ladrillos a la vista. Todavía hoy se ven, yo les llamo “ladrillos Pablo” y a Daniela le da mucha risa.
Un día fue muy serio a hablar con ella, con el pelo alisado para atrás con agua. Le pidió una mochila, le dijo que se iba de viaje, que había ido a despedirse. Daniela se asustó y le dio una frazada, una mochila nueva, algo de fruta, mucho pan y alimento de perros. Le dio también cien pesos, le dijo que eran solamente para comer. Le pidió también que le deje los perros así ella los cuidaba pero Pablo no quiso.
Daniela se puso triste. Le preguntó dónde pensaba viajar y cómo iría. Pablo le dijo que se iba unos meses al Parque Saavedra y que iría caminando. Ya había reservado un lugar en la esquina de 12 y 68, debajo de un árbol. Que le dejaba a Fideo porque se había aquerenciado.
Cuando volviera pasaría a saludar.
Daniela lo esperó. Pablo le pegó fuerte y eso que ella tenía marido, dos hijos para cuidar y toda la verdulería para atender.
Será por el hueco que le dejó en el frente del negocio, será por los famosos “ladrillos Pablo”.
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