por Stella Maris Gioia
Mi infancia fue muy linda, era una niña mimada y tenía todo lo que quería, aunque me enseñaron a los no, o sea no se puede. Era la hija más chica de tres hermanos.
En la cuadra donde vivía, tenía una amiga que era única hija de madre viuda, llamada Olga Martegani. A la tarde después de la merienda solíamos reunirnos en la puerta de su casa, jugábamos a la rayuela, a la farmacia y con las muñecas.
La mama siempre estaba como vigilante en la puerta parada y nos observaba, no podía faltar los vestidos almidonados que nos planchaban con tanta delicadeza, éramos muñequillas almidonadas que se paseaban por la vereda.
Las muñecas de vestidos largos, que caminaban y hablaban, eran infaltables. Que hermosa nuestra infancia, cuanta inocencia, disfrutábamos de pequeñas cosas, sin tener en cuenta nada más que la muñeca y la vereda.
La calle que estaba marcada por los carros que pasaban, uno era el lechero, que todas las mañanas nos traía con un jarro en mano, el litro bendito, que se guardaba en la heladera de madera color verde mantenida a hielo. Y la manteca se conservaba en una taza con agua.
Y también tenía la bicicleta comprada de segunda mano, para reyes, donde muchas veces me di varios golpes. En una oportunidad me trajo el vecino en bandeja porque tome una de esas huellas y caí al piso.
Pero era infaltable nuestro encuentro y los momentos agradables que pasábamos. La vida nos separó, pero siempre nos encontrábamos circunstancialmente. Y hace poco el año pasado nos dimos las direcciones de las redes sociales y nos escribimos seguido.
Y sentimos que ese cariño todavía existe, el otro día me comento que tenía una foto donde estábamos con los vestidos almidonados, y nos queremos como cuando teníamos las trenzas y sin dientes sonreíamos con dulzura.
Que hermosa es la amistad, es un lazo entre hombres y mujeres que no se corta jamás, cuando es sincero y genuino.
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