Aquí encontrarán vivencias, recuerdos y pasajes de la vida de un grupo de personas que, gustosas de las letras, juegan entre realidad y ficción
viernes, 15 de junio de 2012
El vendedor de naranjas
Por Alicia Lasala
Adelmar vivía solo. Era un hombre soltero, que vagaba de día por las calles de esa ciudad donde nací, y de noche caía a dormir donde hubiera un pedacito de vereda con ochava para resguardarse del rocío, o una entrada con escalinatas y techo como la del banco provincia o simplemente, un asiento en la plaza sin respaldo, que estuviera bajo un árbol bien frondoso que le sirviera de cobijo.
Todos lo conocían y lo saludaban. Entraba en los negocios, se quedaba a conversar o en casas donde lo invitaban a pasar, aunque esto último no era lo más frecuente. Comía cuando le ofrecían y se vestía con lo que le acercaban.
Era un personaje pintoresco. Le gustaban los niños y nosotros que en esa época éramos pequeños, como él tenía canas lo veíamos viejo. Pero después supimos que no tenía más de cincuenta años. Ninguno le tenía miedo a pesar de que su voz era estruendosa y su aspecto completamente diferente al de cualquier persona que fuera parte del barrio o la familia. De su cuerpo recuerdo un olor en particular que no podría definir ni asociar con nada preciso. Era una mezcla de tiempo, tierra, arena, mar y lluvia. Se renovaba con el frío o el calor. Pero su esencia era siempre la misma.
Mi madre me contó que cuando tenia un año mi padre me llevaba al taller y me ponía llaves, candaditos, restos de cerraduras viejas en el corralito y ahí me quedaba entretenida con la gente que entraba y salía de la cerrajería.
El negocio estaba en el centro y era pasada obligada para todo lo que hubiera que hacer. En un radio de dos cuadras a la redonda como el decía, estaban los bancos, un almacén de ramos generales que con los años mutó a supermercado, farmacia, tienda de ropa y calzado, panadería, carnicería, verdulería y como si todo esto fuera poco, en la esquina un enorme hotel para gente que andaba de paso; viajantes, visitadores médicos, o tan solo almas sin rumbo que andaban buscando destinos y quedaban allí como atrapados.
Dijo también mi madre que yo no iba con nadie, que solamente me dejaba tomar en brazos por él, que me era desconocido.
De manera muy vaga recuerdo que quería hacerme decir las primeras palabras, pero yo solamente balbuceaba sonidos y cuentan que eso lo desesperaba.
Nadie lo llamaba por el nombre. Le decían Pindapoy porque en una época supo vender naranjas. Las llevaba en bolsas de red y ofrecía la mercadería cantando como un modo de llamar y atraer a madres e hijos, para que solo desearan saborear el jugo de las frutas frescas.
Después, nadie sabe bien porque, desapareció por un tiempo no muy largo. Cuando volvió a ser parte del paisaje lucia como yo lo conocí. Se había entregado, bebía y la cabeza le andaba mal con pensamientos de atrás para adelante; no se sabe si por falta de mujer, o por abandono de alguna compañera, si tuvo un desencanto, una traición, si lo estafó un amigo o un familiar, o lo derrotó el intento de vivir todo eso junto.
A partir de ahí las bolsas naranjas las llevaba vacías pero igual ofrecía las hermosas frutas. Pasaba cantando pero mas desafinado y sin rima. De su hombro colgaban restos de ropa sucia y enrollada bajo el brazo llevaba siempre una frazadita gris. Eso si, el siempre anduvo de traje.
Hasta el último día. Todo apolillado y mugriento. Pero de traje. Decía que el quería estar listo para cuando lo vinieran a buscar “ella”. Pero no sabíamos de quién hablaba.
Una mañana, muy temprano, se escucharon cuatro tiros a una cuadra de mi casa.
Salieron todos los vecinos a ver que pasaba. Mi padre entre ellos. Yo ya tenía seis años y me hizo quedar adentro.
Cuando se acercaron estaba Pindapoy atravesado por las balas, sentado en el ventanal de una casa antigua donde había dormido y de la mano asesina que lo fusiló, ningún rastro.
Era tiempo de dictadura. Se limpiaba la basura de las calles. En nombre del orden y las buenas costumbres, de lo que debe ser una sociedad civilizada y cristiana. Este tipo de personajes no tenían lugar ni pertenencia.
Cuando me dieron la noticia, lloré de rabia, con un dolor infantil que no entiende por que, ni quien fue la bestia que mandó o decidió hacer esto.
A mi padre me aferré y el estaba visiblemente acongojado.
Cuentan los que no creen en historias de fantasmas ni aparecidos que Adelmar se aparece de madrugada despacito, por la ventana donde lo sorprendieron dormido, y se aferra a las rejas que protegen los vidrios y respira. Respira y se traga todo el aire de golpe, lo suelta, y se ríe a carcajadas de los ignorantes que creen que se lo trago el olvido.
Yo, que siempre tuve la gracia de ver donde los otros pasan ciegos, puedo afirmar que el viene a la luz del día, me sonríe y me abraza solo que ahora puedo devolverle mil palabras.
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