viernes, 15 de junio de 2012

Zapatos vacíos


por Alicia Lasala




Esa tarde tuvimos que volvernos sin vos.
Cuando llegamos, todo estaba ahí. El taller, las herramientas, el auto. Toda tu ropa, tus zapatos desorientados por la quietud y el vacío. El bandoneón, mudo, que le arrebataste a la muerte cuando vino a buscar al tío Pancho; los discos que atesorabas. 
El silencio y tu presencia agrandando los espacios, generando un eco donde nuestras voces retumbaban, helando el aire, encegueciéndonos en las sombras. Tu presencia en la ausencia nos hizo sentir perdidos. 
Estábamos tristes.
Nosotros parpadeamos y vos cerraste los ojos para siempre. Hacía tres años que peleabas contra el monstruo que entró en tu cuerpo. Pero cuando dejaste de respirar, nos sorprendimos.
Nos sentíamos preparados, nos consolaba la idea de que dejaras de sufrir. Pedíamos que dejaras de luchar. Pero cuando lo hiciste, un dolor agudo lo inundó todo, nos derrumbó, nos venció.
Ninguno sabia como seguir.
Y nos pusimos a hacer lo que vos hubieras hecho: trabajar. Pinceles en mano, pintamos la casa que vos no pudiste terminar. 
Moviéndonos, alienándonos, desafiábamos la desolación que impuso esa dama obesa e insaciable que te capturó. Le mostramos que estábamos como vos hubieses querido vernos, unidos.
Pero a solas, encerrada, a escondidas en lo oscuro, mi cuerpo se laceraba liberando gritos mudos, bestiales. 
Esa primera noche, supe que habría un antes y un después de vos. Y al día siguiente y al otro y al otro, un volver a empezar cada vez que amanecía.
Y te evoco viejo, y te hablo, te pido, te llevo, te traigo, te siento cerca, no quiero que te pierdas. Y así, en estos diecinueve largos años, a tu manera y a la mía, hemos andado juntos. Vos con tus manos muy cerca de las mías, transmitiéndome fuerzas, sosteniéndome, ayudándome a caminar. Con la misma dedicación que cuando tenia un año y pocos meses. Y yo, con más de cincuenta años vividos, no te quiero soltar, no me animo a soltar. 
Así esta bien, se siente seguro el presente y aliviado el futuro, sobre todo cuando éste se presenta incierto.
A tu manera y a la mía. 
Así está bien. 
En el claroscuro de la vida, se llenan de tibiezas las heladas soledades. 
Y he podido seguir.
  

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