por Nilda González
Estoy en la cocina, preparando unos mates, puse pan en el horno para hacerme unas tostadas. Tomé los lentes y mi cuaderno de tapas azules, los llevé hasta la mesa donde todos los días desayuno. Me senté cómodamente esperando que el olorcito a pan me avise que ya están listas.
Cierro los ojos y comienzo a ver cómo pasan por mi mente recuerdos de otros tiempos, lugares y momentos. Desfiles de rostros y hechos que ya no recordaba. ¿Qué es realmente lo que estoy buscando dentro de mí? las tostadas están listas, las retiro ya vuelvo a sentarme, “recuerdos”, “recuerdos” ¿cuál es el que estoy buscando? la tostada cruje en mi boca, el aroma del pan quemadito y el dulce de la mermelada me trasporta a la niñez. Mi mamá las preparaba para cuando llegáramos de la escuela, untaditas con manteca y dulce de leche. Mi mente es un torbellino de sabores y olorcitos. El patio de la casa, la taza de café con leche, ¡¡el patio de mi casa!! ahí está. Ese es el recuerdo, el patio de mi casa, esa casa donde todos crecimos, donde todos pudimos estar juntos ¡¡ que bellos recuerdos!! .
Veo la extensa galería cubierta por la añeja parra de troncos gruesos que se entrelazaban formando un sinfín de brazos que querían llegar al cielo. Las glicinas con sus flores en ramilletes, celestes y rosas envolvían el lugar con su perfume. Un poco más atrás se encontraban las madreselvas. Al fondo estaba la quinta donde podíamos encontrar toda clase de verduras y frutas: naranjas, mandarinas, quinotos , limones, hasta una planta de lima ; mezcla de limón y naranja; las ciruelas eran rojas y blancas , dulces y sabrosas. Pero lo que nunca olvidé fue el árbol de jazmines que se encontraba al llegar al patio. Esa planta tenía más de treinta años. Sus flores eran tan grandes que parecían una magnolia. Nunca volví a ver jazmines así J.
La galería tenía piso de ladrillos rojos que mi mamá baldeaba todas las mañanas. Bajando unos escalones el piso era de tierra. Cuando tomábamos la leche se acercaban las gallinas a comer las miguitas que les tirábamos. Recuerdo a una que la llamábamos Clota, la gallina colorada, preciosa, siempre rodeada de pollitos. Yo tiraba migas mojadas en leche y le decía: - una para clota, otra para mí -. ¿¡Cómo puede ser que no recordaba esas cosas tan lindas?! Quizá porque era muy pequeña, en esa casa solo vivimos diez años.
Al fondo de todo había un cañaveral, las cañas eran para los tomates. Cuando las cortaban quedaban espacios abiertos. Con mis hermanos los convertíamos en casitas. Pasábamos horas jugando allí. ¡¡ Qué tiempos tan bellos!!
Ya nada es igual. Algunos partieron a un viaje sin retorno, otros no sé. ¿qué será de ellos, no nos buscamos no hay tiempo para eso ¿no tenemos?, o ¿no queremos? Egoísmo, orgullo, rencor, odios. Son palabras tan crueles que amargan la boca, el ardor del estómago llega a la garganta quemando el alma. – bueno, en fin -. Yo buscaba algo en mi mente para recordar, quizá la escusa para esto fue el patio de mi casa y unas ricas tostadas…
No hay comentarios:
Publicar un comentario