jueves, 13 de junio de 2013

Reflexiones

por Virginia Amado
   Hambre comienza con h. Letra muda de nuestro abecedario español. Tal vez sea por eso que a menudo, quien tiene realmente hambre, queda mudo ante quienes no lo ven. Un hermetismo helado que si es callado, sentenciado al silencio, angustia. Y si lleva resentimiento por resultado, se torna peligroso.
   Hambre y sed se juntan cuando lo que se tiene es una necesidad, y se confunden  cuando se piensa en ambos como escasez o como anhelo. Como estado vulnerable.
   Hambres de todo tipo, irreconciliables e irreversibles. Tantas veces irreparables cuando el tiempo se prolonga demasiado.
   El mundo está lleno de hambrientos y no sólo de alimento. Los hay con hambre de amor, de justicia, de compañía, de libertad, de abrigo, de abrazos, de paz…Otros llevan en su bagaje de vida, hambrunas de igualdad, equidad, de palabras, de gestos solidarios, de educación, de derechos y seguridad que hilvanes provisorios no consiguen saciar.
   Todo el que tiene hambre es pobre. Porque adolece de algo que le es imprescindible, tiene poco de eso en su haber, o nada. Y quizás otro humano no   se entera. Porque no le han enseñado a darse cuenta.
   Los sordos de oír, los ciegos de ver, los impedidos de movilizarse, los dubitativos de certezas.
   Tanta gente con hambre de insertarse, de ser aceptado realmente y de pertenecer con dignidad.
   Alguna vez, en búsqueda de eternas dietas, uno se ha ido a descansar con hambre. Y cuando se hace difícil traer el sueño a los ojos, se piensa mucho más en aquellos que en lo cotidiano conviven con hambre, en especial  los niños y los ancianos. Algo que no debiera ser. Pero lamentablemente es.
   Recuerdo un tiempo en que pasaba a diario por una calle. Treinta y tres veces seguidas. El doble de veces leía un grafiti en una pared húmeda y vieja. “¿PUEDE ALGUIEN DECIRME QUE SE VA A COMER MI DOLOR?”…Pensaba entonces que quien había escrito esto y yo, teníamos en común, sin conocernos, el  mismo hambre: ser sanados.
  En tiempos universalmente vulnerables, el hambre de valores como verdad, actitudes nobles, sinceridad, respuestas válidas, se añora a la espera de un multiplicador de panes.
   Para poder creer que algún día no ilusorio sino real, la Humanidad con mayúsculas, con h de hambre y de  hombre pero no mudo, pueda pintarse en los corazones de los que hambrean algo y el amparo de los que saben dar. 

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