martes, 11 de junio de 2013

Himno de la equidad

por Alicia Hotez

En éste breve escrito trataré de explicar mi relación con el folclore nacional, que nunca me llegó demasiado, será quizás por las guitarreadas de mi adolescencia, en la cual siempre estaba el mismo cantor con su repertorio limitado. Se llamaba Ernesto y siempre empezaba con Sapo Cancionero mientras rascaba la desafinada guitarra y su entonación se iba para cualquier lado, me daban ganas de llorar abrazada al pobre sapo.
Reconozco que esas reuniones, inspiradas en la moda de la época, provocó que mi gusto musical fuera por otro camino. Hasta que en 1967 escuché por primera vez  al ganador de Cosquín  José Larralde, y algo me pasó con su milonga sureña, no sé si era su decir, su cadencia o su rima, pero lo empecé a seguir en constante fanatismo.
Gasté púas en mi Winco a más no poder, de tanto retroceder para aprender de memoria, los versos que conformaban Herencia pa un hijo gaucho. Me deleitaba el poderlo recitar, pero era tan largo que nunca me dejaban terminar, ¡acabala con el gaucho! -me llegaron a decir-  y por eso decidí no recitarlo más.
Seguì toda su carrera, aprendí todas sus canciones, y alguna vez inspirada traté de copiar su glosa. Así como las escribía las destruía después, sólo una me guardé dedicada a un jefe que tuve, que tenía la costumbre de llenarme de trabajo, eso sí muy educado me pedía por favor, y se iba a un rincón a charlar con sus empleados.
Un día junté tanta bronca, que hice implosión. Dejé lo que estaba haciendo y me puse a escribir, sin pensarlo mi medir lo que podría pasar, puse en un sobre el papel que dejé en su escritorio, y sin mediar  palabra me alejé del lugar. Seguro que lo leyó al instante en que me fui, porque cuando volví, al día siguiente, la pila de los papeles había empezado a bajar y los gansos futboleros, cada uno en su lugar, me miraron insinuando ¡te vamos a matar!
A partir de ese momento no me explotaron más y el reparto fue parejo, para todos igual. Con el tiempo fuimos buenos amigos y compañeros, pero si el jefe sin querer le daba a alguno trabajo de más, le recitaban a coro el himno de la equidad.
El favor que usted me pide
no se lo voy a negar,
pero no vaya a pensar
que puede hacerse costumbre,
si hasta la luz que lo alumbre
puede llegarse a apagar.

No quiero plantarme mal
y decirle no lo hago,
pero tiene unos cuantos vagos
que andan por ahí,
porqué justamente a mi
viene a tirarme el trabajo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario