sábado, 1 de junio de 2013

¿qué hacer con lo que sucede?

por Virginia Amado

En aquellas lecciones archirrepetidas de la Escuela Normal, en la ciudad querida, el agua era un líquido incoloro, inodoro e insípido y la sustancia más difundida que existe en la Tierra. Abríamos grandes los ojos cuando Mabel, la profe de Geografía, nos decía que un 70 % del planeta está cubierto por agua. 
 Sabíamos que era vital. Memorizábamos su composición química de átomos, moléculas y fórmulas. Repetíamos que tenía una densidad determinada y que variaba según los estados.
   Era la época de los mapas pizarra, de los de hule con colores, de láminas que se colgaban en el pizarrón, tapadas e iban descubriéndose a medida que el tema se desarrollaba. Ilustrados los trabajos, coloreadas las tareas, nerviosas lecciones en el frente, de los diez que nos dejaban la alegría de mostrarlo en casa, dando satisfacción a nuestros padres.
   Si la profesora dejaba la libreta de notas sobre el escritorio para volver a la hora siguiente, hacíamos “campana”, y ahí alguien miraba, al ladito de cada apellido ordenado alfabéticamente, un número prolijo y pequeño que nos aseguraba ir sabiendo cómo íbamos.
   Tiempo de preparar clases en “equipo”, grupales, en alguna casa bajo la mirada de la madre. Allí cada uno aportaba lo suyo. Las mujeres, más aplicadas, anotábamos todo. Ellos, los varones, se reían mucho, perdían tiempo, a nuestro gusto, pero los llamábamos al orden y hacían caso. Bah, lo de siempre. Creo que les convenía….sabían que con poco esfuerzo, tendrían la misma nota.
   Traían galletitas, y de tanto en tanto, hacíamos un alto para hablar del dancing del sábado o de con quién bailaríamos.
   Una vez, Aníbal, me dijo que le gustaba una chica de la división. Le fui nombrando, a lo que con la cabeza me decía que no. Ninguna era. Sólo quedaba mi nombre y no me animé.  Para qué si a  mí me gustaban los chicos más grandes. Cuando se lo conté a mi mamá, las dos nos reímos mucho. Le pedí que no le dijera nada a papá. Aunque ambas sabíamos de antemano que se lo diría: creo que entre ellos no había secretos. Nunca supe si eso estaba bien o estaba mal. Con el tiempo uno deja de juzgar tanto, y puede comprender. Sobre todo cuando ellos han partido y uno tiene sus propios hijos.
    Es imposible no sonreír y sentir tibieza en el alma cuando se recuerda el tiempo aquel, el de la escuela, cuando se era casi feliz porque la familia abrazaba. Entonces los miedos eran menos.
   Ha pasado mucha agua bajo el puente. Se repiten otras lecciones que la vida se va encargando de presentar, saliendo airosos o no, con diez o con aplazo. Mas ésa no ha vuelto.
   Ni imaginábamos entonces el grado de vulnerabilidad que nos daría el agua en otro momento. 
   Éste, que nos sorprende y arrasa con nuevas palabras: inundación, damnificados, donación, pérdidas, muerte.
    En estos días irrumpió en nosotros el agua. En el lugar donde se supone que guarda  la seguridad, donde se está a salvo. Lluvia torrencial que no cesaba, como al menos yo nunca había visto. Y el frío era por fuera y por dentro. El agua entrado a raudales, agigantándose ante la pequeñez humana de creer que una manta en los umbrales,  un balde, un secador o la espera  incomprensible en lugares altos, salvando lo que se podía, iban a hacerla sucumbir. Pero nada.
   Anécdotas hay muchas…Dolores hay tantos. Impotencia y desgano. Incredulidad por momentos. Pero la hermosa solidaridad y el amor naciendo desde el horror, el error y el terror.
   El agua, ese líquido vital que dejó marcas oscuras en toda la ciudad por donde pasó, a muchos nos dejó sin recuerdos, sin memoria sin orígenes con las pérdidas irrecuperables : a algunos fueron libros, a otros videos, cuadernitos de los hijos, las fotos de los padres o de sus niños bebés….tanta vida…
   Son cosas, objetos, pero a veces esas cosas ayudan a armar la estantería de las existencias, sobre todo cuando somos grandes y se sabe que algunos lugares azules no vuelven.
   Alguien me dijo que era innecesario lo que nos sucedió. No lo había pensado así.
   Todo es válido, tantas opiniones y vivencias como personas atravesadas por la tempestad. Y sus huellas distintas y parecidas.
   Ha servido para renacer, tal vez desde un lugar diferente, juntando fuerzas rescilientes para valorar más aún lo que tenemos. Se ha visto con la catástrofe, lo mejor y lo más mediocre del ser humano. Se ha visto más que antes la cantidad de gente con carencias profundas y la inmensa cantidad de solos.
   Entonces, frente a toda adversidad, los amigos, los afectos, la familia, constituyen un marco referencial precioso y preciado.
   Uno atesora lo que le da alas para la vida: tengo tres perlas. Perlas que mi madre que se fue en juventud no pudo cultivar. Hilos tenues, sutiles, que sostienen y amarran .
   Los amo, porque tienen la gran virtud de darme la alegría. Y quiero a mis hijos hombres, y a cada afecto. Por mí y por ellos la vida sigue.
   Y busco luz, y busco paz, y aunque no siempre es sencillo, se busca re armarse y recomenzar, desde este duelo colectivo que duele, pero del que tenemos tanto que aprender.

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