Gabriela y Antonio se conocieron en el trabajo. Los dos comenzaron el mismo día. Venían de estar desempleados y el turno tarde era la condición para empezar. Estaban solos en una oficina grande que se desocupaba completamente media hora después de que ellos entraban. Sólo quedaba Anita, una compañera que cumplía horario excepcional hasta las diecisiete porque venía de muy lejos.
Se llevaron bien de entrada. La necesidad los unió. Los dos tenían ideas políticas coincidentes, les gustaba el cine, los libros, la misma música, el buen vino, la cocina, las conversaciones sobre el hombre y la vida.
Los dos tenían familia. Eso hizo que se impusieran a si mismos una barrera, que inconscientemente ordenaron no levantar bajo ninguna circunstancia.
Se hicieron amigos, compartiendo rutinas.
Su esposa Beatriz hizo lo imposible para entrar a trabajar en la misma institución. Lo consiguió. Ella había advertido en Gabriela un peligro latente a través de sus relatos. Lo pudo ver antes que ellos mismos.
A pesar de que Beatriz y Antonio tenían un hijo cada uno de sus matrimonios anteriores, Beatriz comenzó a insistir con la fantasía de un hijo de ambos. Más que un hijo, buscaba un sello.
Pero la naturaleza no ayudaba a pesar de que los dos eran comprobadamente fértiles. Ella se obsesionó de tal manera que visito médicos, especialistas. Había una urgencia en ese embarazo. Era ni más ni menos que la de retener a Antonio.
Se sometió a tratamientos y el niño llegó a formarse en su vientre.
Algo disparó la barrera de Antonio. Y entonces dejó de hablar con Gabriela por semanas. Ella no entendía en que lo podía haber ofendido. Pero lloraba, y con la inocencia de quien pierde un objeto valioso, le contaba a su amiga Anita y lloraba. Le explicaba a su esposo y lloraba. Y era tan transparente que los dos le sugerían que lo mejor era preguntarle.
Antonio veía la angustia de Gabi. Cuando le pidió ayuda a Anita, ésta le sugirió que para saber qué le pasaba a Gabriela lo mejor era hablar con ella.
Una tarde sonó el teléfono de su casa. Antonio le preguntó cómo estaba. Ella comenzó a llorar y a querer explicarle que si le había hecho algo ofensivo a él o a Beatriz seguro era sin querer. Que ella no entendía, así de repente, que no le encontraba explicación. Antonio la interrumpió y le dijo que no era ella, sino él, que no dejaba de pensar un solo momento, que lo único que ansiaba era ir a trabajar para verla, que si miraba una película quería comentársela, que todo le resultaba insoportable mustio y sin vida si no lo compartían. Mientras él enumeraba cuantiosos ejemplos de sus melancólicos días fuera del trabajo, Gabi iba descubriendo que todo eso mismo le sucedía a ella.
Cuando colgó el teléfono sintió alivio, alegría, pena, miedo. Y eso que todavía no sabía que Beatriz sería madre en poco menos de cinco meses. Él no se lo pudo decir. Se enteró por comentarios de sus compañeros.
Se encontraron en un bar retirado del centro y hablaron, mucho. Se apretaron las manos todo el tiempo. Estaban desorientados. No sabían qué hacer con ese terremoto interno que no paraba de hacerlos temblar y los paralizaba a la vez.
Hubo tres encuentros desesperados de amor apasionado, dos tardes y una noche incompleta. Nunca sabrían lo que era amanecer juntos.
Eso fue suficiente para sentir lo verdadero.
Nació el niño. Y al cabo de cuatro meses vino otro. Antonio supo que no podría dejar a Beatriz. Gabriela sin embargo decidió por ella la búsqueda de una nueva vida. Fue encontrando con dolor, el rumbo como pudo.
Antonio le dijo que él no tenía ese coraje, que mantendría en su casa un status quo, no haría nada para mejorar ni tampoco para empeorar. Se fue apagando.
Beatriz comenzó a mostrarse cada vez más infeliz. Antonio se volvió una sombra. Pura oscuridad.
Nos enteramos cuando dejó de venir a trabajar que una enfermedad le envenenó la sangre y lo empezó a debilitar. Él la acepto con la misma resignación que aceptó una vida sin amor.
Ninguno de sus hijos fue compatible para poder salvarlo. Los últimos tiempos Antonio leía mucho. Gabriela le hizo llegar sus cuentos por internet. Se lo agradeció. Pero el diálogo entre ellos fue a través de esas historias. El había elegido el silencio y Gabi lo respetó.
En el muro de su facebook se encontró con estos versos, publicados por Antonio:
-“Escucha bien amor lo que te digo
Pues creo no habrá otra ocasión
Para decirte que no me arrepiento
de haberte conocido.”
Metafóricamente, Antonio murió, como vivió.
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