jueves, 29 de mayo de 2014

Instinto maternal

por Myriam Zubiarrain

Trabajar en un Servicio de atención a niñas, niños y adolescentes, nos pone diariamente en contacto con situaciones diversas, complejas, angustiantes, patéticas, graciosas y otras de gran ternura, como la que se nos presentó un día que entrevistamos a una mamá que vive con sus numerosos hijos en una villa del barrio de Tolosa. Esta mamá de alrededor de cuarenta  años asistió a la entrevista acompañada por su nuera, casi de la misma edad que ella, pareja del hijo mayor de unos veinticuatro años; ambas muy dedicadas a sus respectivas familias. La mamá fue entrevistada debido a que su hija de trece años se había ido a Mar del Plata a conocer el mar, con un hombre de más de cuarenta, la niña fue buscada a través de los Servicios que articulamos y regresada a La Plata, permaneciendo en una Casa de Abrigo hasta que nos pusiéramos en contacto con la mamá.
          Este encuentro fue afectuoso por parte de madre e hija, la niña contó su experiencia frente al mar, de manera muy ingenua, no teniendo noción de la situación,  de la distancia y el tiempo transcurridos. La madre fue haciendo un relato de su vida, el vínculo con sus hijos, su pareja, la vida cotidiana con todas sus preocupaciones y tensiones, que logra distender cuando sale a cartonear en su carro junto a sus hijos menores, describiendo lo que significaba para ella esa salida,  era su manera de relajarse y volver a su casa con energía para continuar esa rutina tan cargada, el cartoneo, el carro y sus hijos la hacían feliz.
          La relación de esta mamá contrasta con la de otras con las que también tenemos que trabajar, cada caso nos habla de una historia particular, con registros y subjetividades particulares, esas historias se encarnan hasta hacernos doler, como la de Federico, un niño de 8 años que llegó a nuestro Servicio preguntándole a un policía si sabía dónde vivía su mamá, a quien quería ver después de estar viviendo con su padre, madrastra y medio hermano de su misma edad.
          En la intervención de dos Servicios se localizó a la mamá, que fue entrevistada en varias oportunidades. Lo que manifestaba esta mamá era que necesitaba un tratamiento psicoterapéutico  para hacerse cargo de su hijo, motivo por el que se adoptó una Medida de Abrigo a Federico, alojándolo en un Hogar para niños, el día 20 de diciembre con la promesa de su mamá de retirarlo para Navidad y empezar una revinculación que permitiera la convivencia de ambos. Federico  fue retirado el 24 de diciembre y reintegrado al Hogar el día 26, a partir de ese día no fue posible volver a contactar a la mamá,  lo que angustió terriblemente al niño, por lo que se continuó el vínculo con el padre hasta que éste resolvió renunciar a la Patria Potestad, el dolor de Federico fue enorme y comenzó un peregrinaje por Hogares institucionales que no lograron darle el lugar de pertenencia y afectivo que el niño necesitaba. 
          ¿Cómo no encarnarse? ¿Cómo no sentir dolor, frente a tanto vacío?
          Recorriendo la historia, también se hace presente el lugar que los niños han tenido en otros momentos en los que no eran considerados como tales, años de miseria  como la que obligó a dejar a Juana a los doce años en casa de una familia para trabajar, corría el año 1934, Juana permaneció por más de veinte años haciendo las tareas de limpieza en casa de “la rusa” como la llamaba posteriormente, casa en la que nunca pudo encontrar un lugar familiar,  en su infancia, adolescencia ni adultez.  
           Del relato surge que la vida en el campo era muy difícil para su madre junto a sus hijos, y en cuanto Juana tuvo edad para trabajar, fue dejada, sin visitas, sin contacto con su familia; años duros en que dormía en un colchón en el piso, sin tener una cama hasta ya muy grande, años de humillación, de mucho esfuerzo y dolor; anhelando una familia  que la aloje afectivamente; y que afortunadamente logró ya adulta, con quienes recordó y contó estos años de soledad y desamor y agradeció por esta familia que la alojó no sólo en una casa, sino en un hogar, con amor y con mucho humor que le permitió mitigar el sufrimiento por la vida transcurrida.
A partir de éstas historias, se me hace necesario repensar la función de la maternidad como una construcción a partir de una historia de vida, una subjetividad y un contexto, desmitificando el concepto de instinto maternal, que obliga a pensar que una mujer sólo se completa siendo madre, porque ese es su destino.

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