por Irma Giménez
Como decía mamá: un señor perro. Era pequeño, negro, con una corbatita blanca; su raza perro, perro.
Escapaba de la perrera tan ágilmente que los hombre que lo querían atrapar quedaban asombrados; trepaba como un gato por el portón que daba entrada al taller y de un salto estaba dentro de casa.
Era tan respetuoso que llegaba hasta la puerta de la cocina y no se atrevía a entrar.
Todos los días quería un churrasquito, más cuando llegó Manuelita -la tortuguita-; fueron tantos los celos ye demostró: le comía la papa hervida y la lechuga, cosa que antes jamás había hecho.
Cuando íbamos a salir era el primero que subía al auto.
Seguía al colectivo todas las mañanas cuando yo iba al trabajo, si me descuidaba también estaba dentro del micro y se escondía debajo un asiento. Nos costaba un triunfo al conductor y a mí hacerlo descender.
Sí, así era Batuque, un ser especial que formó parte de mi vida, donde compartimos momentos de júbilo, y algunos no tan felices, teniendo siempre esa comunicación, ese idioma que Batuque y yo solamente conocíamos.
Es una historia pequeña llena de nostalgia. Perito lindo no te voy a olvida.
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