jueves, 11 de septiembre de 2014

El idioma de los animales

Recibida la consigna dada por Mariano, nuestro profesor en el Taller de escritura, de escribir algo sobre “el idioma de loa animales”, como primera impresión quedé inmerso en una encrucijada sobre cómo y qué decir, ante semejante tema.
Exigiendo un esfuerzo al intelecto, en cuanto a tratar de recordar desde el fondo de la memoria algo que alguna vez pude haber leído, oído o visto en algún medio al respecto, sólo vinieron a mi mente algunas cosas que vaya a saber cuándo aprendí. Así, recordé haberme informado que en su paciente investigación a través del tiempo el hombre había logrado detectar en insectos, como las abejas y las hormigas, que sus individuos se comunican entre sí, es decir, que tienen un idioma por el cual se transmiten mensajes.
Entre los animales del mar se ha  comprobado que los delfines, especie que sobresale por su inteligencia, emiten sonidos, siendo altamente probable que a través de ellos se establezca una suerte de comunicación.
También en las ballenas parece que sucede algo semejante.
Entre los animales domésticos, si prestamos atención a los perros -clásicos mascotas- podemos advertir que sus ladridos no son iguales: por ejemplo,  el perro ladra de una manera si avizora algún peligro a algo que le inquiete, de otra manera si los hace de alegría cuando su dueño vuelva a casa y el canino lo recibe pletórico de alegría. También es distinto el aullido cuando el perro sufre por algo: suena como una queja o un  lamento. ¿No son “expresiones idiomáticas” esas?
Y así, seguramente, se podría seguir, en el inmenso  universo del reino animal.
Pero, llevando el tema a algún suceso que personalmente pude vivir, vino a mi memoria algo que viene a cuento relatar.
Ocurrió que hace muchos años, en mi época de jovenzuelo, me encontré con la sorpresa que en la pequeña casa de una tía mía había aparecido un personaje nuevo: una gatita, que creo la había recogido de la calle y a la que llamó Mimí. Yo estaba “chocho” (en mi casa nunca hubo ninguna mascota) y cuando podía jugaba con el pequeño animalito y, al menos de mi parte, se fue estableciendo un vínculo amistoso, de afecto.
A tal punto llegó a ser así que jugaba con ella en el zaguán de mi casa -donde la traía cuando podía- arrojando una bolita que la gatita perseguía con denuedo, a los saltos, y nunca la podía agarrar, obviamente. Yo me divertía a lo grande.
Ya cansado, yo me sentaba plácidamente en una silla o sofá -no recuerdo bien- a ver televisión (por entonces, en blanco y negro); pero no me separaba de ella, la llevaba conmigo y la ponía sobre la falda. Ocurrió que en una oportunidad, en el programa que estaba viendo en el viejo cana 7, no sé si era Rin Tin Tin -esa serie protagonizada por un perro que así se llamaba y que tenía su fama- el canino corría y ladraba con  intensidad, y como la cámara lo tomaba de frente se tenía la sensación que viniera hacia uno, es decir, al espectador que miraba al televisor.
Eso pasó, sin  nada en particular para mí. Pero he aquí que al poco tiempo, estando en mi casa, en un escenario familiar, me sorprendí con lo que le escuché comentar a mi padre, en una conversación doméstica, propia de un momento de reunión en  familia:“¿Saben una cosa?”       -comenzó diciendo-, y continuó: “Raúl le enseñó a mirar televisión a la gatita. La sienta con él y le acomoda la cabeza apuntando al televisor y ella se queda también mirando igual que él”.
Para quien observara la escena a cierta distancia y con detenimiento, seguramente que el cuadro era tal como lo había comentado mi papá. Yo, en cambio, mirando con interés la televisión, y en una posición en la que tenía sobre mí a Mimí no tenía ese ángulo de observación. En ese momento, al oír eso de boca de mi padre tomé conciencia de lo pintoresco del caso. Rememorando, recordé que en ese tramo de la serie cuando Rin Tin Tin corría y ladraba, la gatita efectivamente estaba con la mirada fija en el televisor y se quedaba bien acurrucada en mi falda. ¡Cómo para no estar queriendo guarecerse y permanecer inmóvil ante ese temible can que supuestamente se abalanzaba!
Ese episodio quedó como algo curioso y hasta gracioso para nosotros.
Pero ahora, lejos ya de esa época, la madurez nos lleva  a reflexionar. 
Y en la instancia de este relato, en el contexto de la consigna que nos dio el profesor, me puse a pensar.
¿Qué pensé? Pensé: nos han enseñado desde siempre, como definió Aristóteles, que el hombre es un animal racional. Y es cierto -me digo-, no cabe duda que somos racionales, pero no se nos puede quitar nuestra naturaleza animal. ¡Cuántas evidencias de ello!
Pero ¿y a la inversa? Pensé y pensé… y finalmente me rendí: llegué a la conclusión que la inversa también se dio: acéptese o no, lo cierto es que yo tuve una gatita que, conforme su naturaleza obviamente era un individuo animal, pero que también tenía algo de humano: ¡Si hasta miraba televisión!
Moraleja: En mi estructura mental he cambiado de pensamiento y confieso que ahora pienso en la relatividad de lo que nos enseña la ciencia. Y fue una gatita la que me trajo esa enseñanza.

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